Fuego, palomitas y paciencia
Cocinando al aire libre en nuestra sesión de Forest School con el Grupo de Juego en la Naturaleza de los viernes.

Fuego, palomitas y paciencia

Empiezan a abrir!

El fuego forma una parte muy importante de Forest School, sobre todo durante los meses de otoño e invierno aquí en el Norte de España. Además de su calor para cocinar y calentarnos, su luz nos une. El fuego nos enseña unas lecciones muy importantes, incluyendo el respeto, la gestión del riesgo y la paciencia.
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Esta semana en nuestro Grupo de Juego en la Naturaleza de los viernes por la tarde hicimos nuestro primer fuego de la temporada y cocinamos unas palomitas. Mientras preparamos el fuego hablamos de los riesgos, cómo evitar incidentes y luego del valor y uso del fuego para los humanos.
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Hablamos de la importancia de mantener una distancia prudente de las llamas cuando estamos en la zona del círculo de los troncos, y experimentamos cómo se mueve el humo en función del viento.
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Entonces sacamos las palomitas. ¡Qué emoción! «Vamos a comer palomitas?» «Que guay!» Echamos las palomitas a la cesta metálica y le acercamos a las brasas…pasaba un minuto y nada….otro minuto y tampoco…al tercer minuto una abrió y saltó. Pero los demás nada….»Dónde están las palomitas?» preguntaba uno. Otros empezaban a frustrarse…»Jo, tengo hambre, quiero comer! Cuándo estarán?»
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Nos dimos cuenta que el fuego aún no estaba suficientemente caliente así que echamos unas astillas más y les explicamos que teníamos que esperar un poco más. Algunos se cansaban»Por qué?!» «Pero las quiero comer ya», «Cuánto tardan?»…mientras otros fueron a jugar al Mud Kitchen o a columpiarse. 10 minutos más tarde las brasas estaban perfectas y volvimos a llenar la cesta. Lo acercamos a las brasas y en cuestión de segundos empezaban a abrir «Pop!» «Pop, pop!»….»Ya están las palomitas!!» exclamaba un niño. «Venid todos! Mira, mira, mira! No paran de saltar!!»
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Con un brillo en sus ojos y agarrando sus conos de papel ansiosamente, todos miraban como las últimos palomitas abrían, llenando la cesta a reventar. Luego, con sal o con sirope, caminaban por la hierba disfrutando cada bocado.
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¡La paciencia merecía mucho la pena!

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